
El inicio del ciclo lectivo suele presentarse como un momento de entusiasmo y nuevos comienzos. Mochilas listas, delantales puestos y expectativas renovadas. Sin embargo, para muchos niños/as, y para sus familias también, este periodo puede venir acompañado de malestar, miedo o dificultad para separarse de sus cuidadores. Lejos de que esta situación sea un “capricho”, suele estar relacionada con lo que dentro de la psicología se conoce como ansiedad de separación.
Hablar y conocer sobre este tema con claridad es fundamental para poder acompañar a los más pequeños de una manera adecuada, compasiva y presente.
¿Qué es la ansiedad de separación?
La ansiedad de separación es una respuesta emocional esperable que se hace presente cuando un niño se separa de sus cuidadores principales. Suele estar relacionada con el no saber qué esperar, por lo que es completamente normal que aparezca en contextos nuevos o demandantes, que pueden sentirse abrumadores o impredecibles para los niños (como suele ser el inicio de la escolarización). Activa una sensación de amenaza, que no quiere decir que algo “malo” este pasando, sino que el sistema emocional del niño está intentando adaptarse.
La ansiedad de separación es una etapa propia del desarrollo evolutivo de todos los niños y cumple una función adaptativa importante, si bien es frecuente en la primera infancia, puede también reaparecer en momentos de cambios: nueva escuela, un nuevo docente, situaciones familiares significativas, etc.
¿Cómo suele manifestarse?
Cada niño manifestará y expresará su emocionalidad de manera singular, sin embargo, algunos de los signos más frecuentes de la ansiedad por separación pueden ser:
- Llanto o inquietud
- Retraimiento
- Gritos o berrinches
- Aferrarse fuertemente al cuidador o negarse a soltarlo
- Negarse a salir de casa,bajarse del auto, entrar al colegio o jardín, etc.
La mayoría de los niños comenzarán a sentirse cómodos en este nuevo entorno después de un periodo de adaptación. Por lo cual es de importancia darles un espacio de contención y de exploración para que puedan acostumbrarse al nuevo lugar, nueva persona de cuidado, grupo de compañeros, etc.

Algunas estrategias que pueden ponerse en juego para preparar a los más pequeños para este momento son:
- Hablar de lo que se puede esperar: conversar abierta y positivamente con los niños sobre los cambios y características de esta nueva etapa, dónde van a ir, quiénes estarán allí y lo que ocurrirá, permite familiarizarlos con la experiencia. Podemos intentar describir a sus nuevos docentes, contarles sobre sus nuevos compañeros, hablar sobre las actividades que realizaran, etc. Esto colabora para que puedan crear una asociación positiva con el jardín incluso antes de haber estado allí.
- Practicar la separación: introducir a los niños de manera gradual a períodos breves de separación de sus cuidadores puede ser de mucha ayuda al momento del inicio de clases, ya que les permite adaptarse a este cambio sin que resulte abrumador para ellos. Podemos intentar hacerlo pidiendo a una persona de confianza que los cuide mientras estamos en otra habitación, yendo a realizar diligencias, etc. El tiempo de duración de estos momentos pueden ser breves e ir aumentando ésta de manera progresiva. Así ayudaremos a los niños a comprender que cuando sus cuidadores se ausentan, regresan, permitiendo aliviar la ansiedad de separación. Puede suceder que durante tu ausencia los pequeños se sientan nerviosos o angustiados, el cuidador a cargo debe tranquilizarlos, recordarles que están a salvo y que volverás pronto. Cuando regreses, remarca su valentía.
- Validar emociones: separarse de sus figuras principales de cuidado puede ser realmente abrumador para los niños, no restar validez a esta experiencia, mostrarles que notamos y entendemos cómo se sienten es fundamental. Validar implica poner en palabras lo que el niño siente. Escuchar lo que dicen, prestar atención a lo que expresan a través de sus gestos, responder con comprensión y compasión, mostrarnos cálidos y cercanos a ellos en ese momento será clave para transmitirles confianza/seguridad, podemos acompañar con frases como “sé que este momento es difícil para vos/entiendo cómo te sentís ahora/puedo notar qué estas sintiendo miedo” y al mismo tiempo alentarlos “sé que podes hacerlo/estoy seguro que te vas a sentir mejor”.
- Rutinas de despedida: crear y compartir rituales de despedida al momento de dejarlos en el jardín permite tranquilizar y reasegurar a los niños que quedarse con sus docentes en este nuevo espacio es parte de la rutina. De esta manera, contribuimos a normalizar la separación, seguir la misma secuencia cada vez que nos retiramos les permite entender qué pasará después.
- Despedidas cortas y cercanas: en relación a la estrategia anterior, el momento de despedirnos debe ser breve. Esto no es difícil sólo para los hijos, sino también para sus cuidadores, sobre todo cuando los niños se sienten angustiados. Prolongar el momento de retirarse puede volver aún más difícil la situación. Seguir una rutina sencilla y cercana, brindar toda nuestra atención, un abrazo, un beso, y una frase como “te quiero, voy a volver a la hora del almuerzo/merienda, que tengas un lindo día”. Explicarle que vamos a regresar usando conceptos que pueda entender ayudará. Una vez que nos retiramos, es recomendable no volver a acercarnos.
- Cumplir promesas – No escaparse: cuando nos retiramos sin despedirnos mientras ellos realizan actividades, contribuimos a que se sientan inseguros, teman que no regresemos, y entorpecemos la situación en los días siguientes que tengamos que dejarlos en el jardín. Desde su perspectiva, notar que hace unos minutos estábamos en un lugar, y ya no lo estamos, los asusta aún más e incrementa la ansiedad por separación. En su lugar, despedite de ellos, aunque esto implique tolerar el propio malestar. Los niños pequeños no siempre comprenden la noción de tiempo, por lo que es importante que si hacemos una promesa, la mantengamos.
- Permitir peluches/mantas/juguetes de apego: permitir que los niños lleven un objeto conocido con ellos puede aliviar el malestar y ansiedad, ya que funciona como apoyo emocional en algunos niños. Consultar con los docentes si es una posibilidad y nombrarlos para evitar pérdidas.
- Apoyarse en los docentes: los docentes son figuras de mucho apoyo y pueden ayudar a que los niños se adapten de buena manera a esta situación. Permitir que conversen con ellos, que se acerquen, compartir algo que nuestros hijos estén sintiendo o pensando, preguntarles cómo les fue con los pequeños durante la jornada, permitirá que se conviertan en aliados y planifiquen juntos estrategias para mejorar el momento.
- Acuerdos entre cuidadores: coordinar y conversar sobre cómo responder es una parte clave. Si los niños conocen que cada cuidador responderá de una manera diferente (permitiendo que no entre o escape de la actividad, por ejemplo) puede volver aún más difícil la situación. Es fundamental trabajar como equipo.

- Mantener la calma: los niños reaccionan frente al estado emocional de los adultos o cuidadores, si nos mostramos nerviosos, enojados, o ansiosos, ellos reflejaran ese mismo estado emocional. Poder mostrarnos dulces pero firmes, permitirá generar consistencia y coherencia, lo cual brindará mayor seguridad en ellos.
Ahora bien, ¿cómo enfrentar nuestras propias emociones?
Separarse de los hijos en momentos de vulnerabilidad suele ser una de las experiencias más desafiantes para los cuidadores. No solo porque implica dejarlos, sino porque nos enfrenta a nuestro propio malestar: el miedo a que sufran, la culpa, la preocupación por cómo estarán a lo largo de la jornada o la sensación de no estar haciendo “lo correcto”. Acompañar a un niño angustiado no es sencillo y, en ese contexto, es frecuente que los adultos nos sintamos desbordados, irritables o sin recursos para responder.
A esto se suman, muchas veces, las voces del entorno: “lo hace para llamar la atención”, “tenés que ser más firme”, “conmigo no se comporta así”, etc. Aunque suelen expresarse con buenas intenciones, estos comentarios pueden aumentar la presión interna y generar confusión, alejándonos de lo que realmente necesitamos en ese momento. Es importante recordar que sentirse así no nos vuelve malos padres o cuidadores, sino humanos. La incomodidad, la duda o el cansancio también forman parte del proceso de acompañar.
Lo valioso no es responder automáticamente a las demandas externas ni intentar eliminar el malestar a cualquier costo, sino elegir cómo queremos estar presentes. Acompañar desde la calma posible, validar la emoción del niño sin minimizarla, y al mismo tiempo sostener la separación, permite transmitir un mensaje profundo: “podés sentirte así y aún así estás a salvo”.
Crear un espacio de seguridad emocional no implica evitar la incomodidad, sino atravesarla con sentido. Cuando los adultos nos guiamos por valores como la calidez, el cuidado y el fomento de la autonomía, ayudamos a que los niños desarrollen confianza en sí mismos y en el mundo, incluso cuando separarse duele.
En definitiva, acompañar la ansiedad de separación también es un acto de coraje adulto: sostener el malestar propio para ofrecer presencia, seguridad y un lugar donde todas las emociones puedan ser expresadas sin miedo.

ASESORAMIENTO: Lic. Sofía María Bidondo – MP 833
Consultorios “Centro Altos de Jujuy” – Dr. Sabin 1082 B° Ciudad de Nieva